Renacimiento

2009 Marzo 2
by villatierra

El arte de la resurrección

”De este Espíritu, vida del Universo, procede, a mi entender, la Vida y el Alma de todo cuanto tiene alma y vida. Además creo en la inmortalidad del Alma, lo mismo que en la del cuerpo, pues en lo que a su substancia se refiere, también el cuerpo es inmortal, ya que no hay otra muerte que la disgregación, según parece inferirse de la sentencia Eclesiastés, que dice: “Nada hay nuevo bajo el sol. Lo que es, será”

Giordano Bruno 1549-1600

Hubo un día, no muy lejano, en que el hombre se cuestionó la oscuridad del momento en que vivía. Era preciso renacer para redescubrir los misterios que deparaba la existencia en aquel lejano planeta de la galaxia. Así fue que un día los hombres levantaron sus voces, sus pinceles y cinceles; llamaron al verbo para que les orientara y al arte para que los guiase en tal noble emprendimiento que quedaría marcado en la historia de la humanidad y se llegaría a conocer como el Renacimiento.

En plena Edad Media, donde el oscurantismo y la falta de espiritualidad profunda que antaño acompaño al hombre, se hizo escuchar con fuerza aquella nueva vitalidad contagiosa que llegó a todos los rincones de la vieja Europa. Era preciso levantar nuevas catedrales como nunca antes se hubiese soñado, alabar al Dios creador de las estrellas, buscar el sentido perpetuo del alma humana. Aquí en la Tierra.

El arte desde las alturas, para inspirar a los hombres que guardan esos siglos, bajo caudaloso por los torrentes del espíritu. Grandes personalidades escucharon el llamado sublime y le atendieron con firmeza en las labores terrenales de los hombres.

Al igual que hoy, aquellas voces del divino se hicieron escuchar para forjar un mañana mejor. Renacentistas somos aquellos que impulsamos la Tierra hacia un nuevo horizonte de esplendor, donde brillen las divinas cualidades manifestadas en las obras imperecederas de los hombres. Imperecederas porque nadie podría olvidar a un Miguel Ángel, ni aún menos a un Rafael, nadie podía no conmoverse con la obra de Leonardo, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola, Petrarca o pasar indiferente ante los textos universales de Giordano Bruno el “hereje pertinaz”.

Ayer el hombre vivía entre fortalezas de caliza para proteger sus feudos, hoy vive encerrado entre cercos eléctricos, rejas, circuitos cerrados de TV y escudos de misiles nucleares. El sentido materialista nos ha hecho olvidar el esplendor del arte, el alma sutil de una mujer, la voluntad de un hombre que lucha por aquello que cree, y más aún, nos ha hecho perder la conexión natural con el Sol, la luna y las estrellas en nuestra cotidianeidad terráquea. Por poco olvidamos que somos hombres, por poco olvidamos el amor y el sano juicio que orquesta toda acción portentosa.

La cima de nuestro mundo es hoy un holograma de fantásticas historietas sin sustento. Algunos se han conformado con muy poco. Esa pobreza es hoy nuestra aparente desgracia. Vivimos una Edad Media, transitoria, porque aún es preciso renacer una vez más. Volver a la historia, repasar sus hechos, llamar a sus espíritus para que nos cuenten las historias que orquestaron y guardan las épocas. Re-nacimiento.

El arte renacentista es imperecedero, una fiel huella de la grandiosidad de la especie humana, reflejo de un hombre que pone ante todas las cosas de su vida a Dios. En aquellos tiempos el arte fue concedido por el hombre como la búsqueda del contacto con la divinidad. El arte es un camino hacia la divinidad. Expresa la grandiosidad del espíritu, del alma y de la naturaleza; un rostro congelado en una piedra que muestra sus más delicadas facciones, espejos de piedra, pinturas, de la gloria del creador. Un hombre lejos de su espíritu no puede hacer arte, menos llamarse de artista. Hoy se asocia al arte con la necesidad de expresión, pero es un término inocuo, vacío carente de atracción sublime y de escuela profunda. Una cosa es ser un artista para los hombres, pero hay artistas también para Dios.

Entre aquellos héroes están nuestros camaradas que dieron valiente impulso al renacimiento, a una nueva era en contacto con las divinas luces que orquestan e inspiran los destinos de los hombres. Rigiendo la galaxia en hábiles destellos plateados que inundan el horizonte de gérmenes de vida, estrellas luminosas, cascadas estelares, farolas eternas de la bóveda celeste. Aquel que es artista ha de olvidarse primero de si mismo, pues mientras esté no habrá arte, sino ego, orgullo y vanidad estampada en una obra.

Él creador, grabo sus lienzos estelares, cascadas, ríos y mares; los más sofisticados diseños de pájaros e insectos sin un pizca de orgullo. Sin embargo la armonía es tal que nadie podrá decir que no es obra suya. Está en todo lugar.

Renacimiento: renacer, reverdecer, renovarse, vigorizar, florecer, transformación, evolución: Resurrección. Palabras que invocan la misma acción y que llaman a vencer las fronteras de lo aparente para aventurarse en busca de la condición suprema del hombre por correspondencia natural de acuerdo a su anatomía estelar y áurea.

Nuestra era, carente de ilustración profunda en los asuntos del espíritu, es el reflejo de la creación de nuestras artes y de nuestras emisiones cerebrales que son las constructoras de nuestra realidad, aún hambrienta de contenido profundo que sea sustancia para plasmar una creación orgullosa e imperecedera. Es esta era momento de cambio y transición, de renacer para hacerse del entendimiento que nos aportan los astros respecto al tamaño de nuestra aventura y misión. Progresar. Encontrar al creador a través de nuestras obras, a través de nuestro arte. Vivir. En armonía.

Nuestra vida, pequeña y frágil por naturaleza, nos hace observar desde la vestimenta de nuestra carne, con los ojos avezados del espíritu, el momento histórico del que somos testigos y que estamos llamados a heredar como raza pura. Raza de Dios. Todos los hombres, amigos, hermanos del desafió de resurgir y mejorar. Todas las religiones y todos los colores. Solo así, algún día, la historia hablará orgullosa de aquellos que se atrevieron a ver un poco más allá para vislumbrar y crear un futuro mejor a la luz de los valores estelares y de los designios superiores que conciertan el avance hacia el infinito de los vientos que soplan en los mares de nuestro destino.

Azor Náxara

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