La Emanación Causal

2009 Febrero 24
by villatierra

¡Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios, cuan incomprensibles son sus juicios, cuán impenetrables sus caminos! Porque ¿quién ha conocido los designios de Señor? O ¿quien fue su consejero O ¿quién es el que le dio a él primero alguna cosa para que pretenda ser por ello recompensado? Porque de él, y por el, y en él son todas las cosas: a él sea la gloria por siempre jamás. Amén.

A los Romanos XII-33

La real dimensión de la vida es de una complejidad que deja perplejo al más sesudo, a tiempo que se desenvuelve fina y frágil para el más pequeño que tiene voluntad y humildad para comprender. Para penetrar en ella es necesario e indispensable el conocimiento y el estudio del fenómeno de la vida y lo que ello implica. ¡Conocer esta verdad nos hará libres! Nadie dijo que no sería difícil alcanzar la libertad y el progreso. La historia nos llena de testimonios de ello. El camino que definió Cristo nunca ha sido cosa fácil. Él mismo poseía tantos conocimientos que tenía que hacernos llegar la información en parábolas a fin de de que estas pudiesen ser interpretadas por la mayoría de las personas.

Pues bien, he aquí la fuente, el quid del asunto: la profundidad de la verdad y la dimensión magnífica que esta alcanza la verdad a través de la revelación del amor. Pero el amor no es una palabra, no es una definición, ni es enamorarse y sentir esos destellos explosivos que se expanden desde el estómago. Esa es solo una de sus tantas manifestaciones. El amor es una energía universal. Va mucho más allá de las definiciones conceptuales y de los arquetipos.

El instrumento que poseemos en el cuerpo físico para percibir y alinearnos con esta energía es el corazón. Es el amor, el conductor de la emanación causal. La emanación causal es el todo. Es una vibración que sostiene el intento del mundo como lo conocemos. Todo está contenido en ella, somos sus emanaciones, nuestro ser se construye de su pulso. Este pulso es la causa de todo. Es el intento de Dios que mantiene esta realidad perpetuada en este instante. Ese aliento es lo que nos hace existir. Ese aliento es la emanación substancial, penetrada y comprendida por los antiguos hombres de conocimiento de las eras. Respiramos porque nuestro aliento se forma con ella, se alimenta de su pulsación. Todos los grandes maestros han insistido tanto en los beneficios de la oración y la meditación. Ambas nos conducen al mismo camino, nos permiten conocer y percibir la emanación causal y así entrar en otra dimensión de consciencia.

La fuerza de la vida, que percibimos en la soledad de las montañas, el viento que sopla limpiando nuestros aires, la semilla que brota llena de cariño en la tierra fértil son representaciones de la infinita bondad de la naturaleza. Aquél impulso de luz nos da la divina tracción para continuar viviendo, para retomar las fuerzas, apoyado en el soporte de la divinidad. Todos los seres vivos se sostienen por esa condición, todo obedece a esta inteligencia superior y a sus claros principios. Amor, equilibrio, progreso son algunos de los distintivos que sostienen este hecho.

La comprensión de la vida en un tiempo y espacio determinado se construye desde una visión universal acerca del rol que cumplimos en este rincón de la galaxia como humanidad. Uno de los mayores problemas de los tiempos actuales es la falta de visión unificada de la vida, que se construye desde una visión de altura, lejos del yo, conformamos parte del todo, unidos en esa esencia causal, que se desprende desde los pulsos de la mente suprema del creador. Una vez penetrando su sintonía es posible lograr la transformación, la alegría del vivir y la certeza de nuestra misión en nuestro tiempo y espacio determinados.

Nuestra composición corpórea estelar y nuestra anatomía espiritual nos hacen sensibles al pulso de las estrellas. Sus compases son aquellos que marcan el ritmo de la vida en el planeta. Mientras el hombre no reconozca su propia naturaleza divina sobrevendrá la enfermedad, el inconformismo y la confusión.

Cuando nuestra naturaleza reconozca la presencia divina presente en nuestra chispa fundamental, habitante silenciosa de nuestros cuerpos y espíritus, ya no será necesario buscar tendencias, ni personalidades externas para aderezar nuestro temperamento. La verdadera esencia fluye desde el mismo éter que la hizo nacer, allí será, y en ningún otro lugar, donde el espíritu encontrará la paz y la tranquilidad. Una persona que sabe de donde vine y hacia donde va, camina confiado y con la certeza que se afirma en los reinos superiores que comandan esta tierra con el poder del relámpago y con la voz del trueno.

La ciencia que Cristo nos dejó en esta tierra es la ciencia de la composición de las estrellas, son los secretos de las voces de nuestro Padre, de las sentencias que comandan nuestra existencia. Todo viene de ella y por ella es.

En estos días de la humanidad es preciso comprender que hemos llegado a un punto en nuestra experiencia donde la ciencia se ha unido con la divinidad. Aún estamos antes de su comienzo formal, ha tomado tiempo, ha pesar de que nunca ha habido argumentos sanos que desafíen la existencia de Dios. Este será el más grande fundamento de esta generación y proporcionará los cambios más esenciales respecto a la educación en el futuro. Todo esto será posible gracias al conocimiento del Dios verdadero en cada uno. A partir de ahí emerge un ser positivo y autentico en su relación con el mundo. A partir de ese instante seremos capaces de encontrar nuestro propio referente en nuestra experiencia divina que habita en nosotros. Reconocer la emanación causal en nosotros, en la fuerza que impulsa a nuestro espíritu y que le da forma a nuestro cuerpo. Ya no será necesario vagar por el mundo en busca de una tendencia o un personaje que represente lo que queremos ser. No serán necesarios los estilos que nos identifiquen. Nuestro propio estilo será reconocer y expresar la sustancia divina que hay en nosotros. Asumir esa condición es la verdadera dimensión de la cura y la medicina de la modernidad. Las enfermedades ya no serán necesarias desde esta perspectiva, el mismo cuerpo al cambiar su vibración se hará inmune a este tipo de irradiaciones. La verdad es mucho más simple de lo que parece, hasta aquí ningún secreto, es cosa de mirar alrededor. Diríamos ahora que todo el mundo lo sabe, y es así porque lo sabe nuestra propia sustancia, está impreso en nuestro ADN y vive esta realidad latente en la chispa de nuestros ojos. Así ha sido por siempre y por siempre será.

Azor Náxara

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