La Palabra

2008 Septiembre 29
by villatierra

Exégesis del lenguaje divino y otras consideraciones conexas.

Salve el verbo, aquel que no tiene palabras complacientes, sino que lidia con la verdad y la transparencia como recurso del día. Porque el verbo complaciente es una miel venenosa y un fruto que emponzoña…

La palabra directa, no hace daño, es un gusto adquirido que toma tiempo y paciencia poder disfrutar. La comprensión de la ciencia celeste, a través de un verbo terráqueo aun exiguo, es demasiado compleja para que sea derramada milagrosamente desde los cielos -como tantos hablan en estos días- los hombres morirían asfixiados con su sola proximidad. Sería como conectar una corriente de miles de voltios a un delicado cuerpo sin preparación para lidiar con esos voltajes. El transformador, en este caso el espíritu, ha de ser entrenado con el fin de que aumente su capacidad de energía lenta y progresivamente. La magia no existe, si existe la ciencia.

La relación del lenguaje que durante milenios se ha usado en las escrituras es siempre el lenguaje de un Padre que alecciona a sus hijos con el fin de que estos aprendan. Son palabras duras; otras veces un bálsamo de conforto desde una altura insondable que despiertan en nosotros un mareo natural ante la dimensión de su profundidad: mensaje que cargan las voces de la doctrina que los espíritus traen a la Tierra. Natural es en su momento que el hijo cuestione el poder de las palabras de su Padre, será ahí en aquel momento que tendrá que aprender que su creador solo busca conducirle hacia el bien porque le ama por sobre todos los eventos.

Los ángeles que se relacionan con la Tierra, son ángeles de la batalla, de la buena nueva y de la asistencia misericordiosa. Porque aquí abunda la desobediencia. Esa es una sentencia que emana de nuestra propia naturaleza progresiva. Por ahora tenemos guerra, sufrimiento, hambre y desigualdad, pero estamos en el camino del progreso. Dentro de cada uno vive la respuesta, porque el amor está en todas partes, depende de nosotros poderle encontrar. Nadie nos margina de el, ni nos lo niega. A pesar de todo, estamos mejor que ayer. Cada día son más las personas que aprenden a leer y están en el camino de la ilustración.

La Biblia sentencia en sus pasajes que el hombre no tendrá paz hasta que no reconozca las Leyes de Dios. ¿Quién se atreve a poner en duda a este Padre que nunca se equivoca? Este Padre, que atraviesa el incesante paso de los tiempos y el ritmo imperturbable de las palabras través de los impasibles eones, sabe de aquello que habla.

Vivir en este planeta es lo más parecido a una escuela. Aquel seminario donde habemos todo tipo de alumnos, pero aunque pensemos y conversemos entre nosotros mostrando nuestros conocimientos y desplante en el mundo, no somos más que niños aprendiendo dentro de un aula. Afuera la vida pasa y sigue su rumbo. Las estrellas siguen avanzando, la gente llega y se va. Dios nos observa desde el infinito. Millones de cosas suceden cada centésima de segundo sin que nosotros llegásemos ni ha sospechar, ni enterarnos, que influencian nuestra vida cotidiana.

El recuerdo de los ancianos está con los animosos, con aquellos que aprecian la existencia y que fueron fieles durante la vida entera. Los alumnos, todos nosotros, hemos de tener atención con las palabras de los maestros, estudiarles y revivirles. Las alas que nos da el corazón, son las sentencias de nuestra caminada, luz que nos guía en medio del túnel de la incredulidad y la ilusión. Paso a paso, palabra a palabra, la verdad se asoma con paciencia y calma través de la imperturbabilidad terráquea.

Los juicios han de estar prohibidos, al igual que la perturbación que se aproxima como bichos que nos agujerean la tranquilidad de nuestro silencio. El objetivo siempre será perturbar la armonía. Todo al revés. Como bien enseño Jesús con sus parábolas. Lo que parece no es y aquello que no parece, es. Un mar de diferencia. Para ello debemos de ir a la escuela y aprender a leer bien para poder hacer una buena diferencia cuando leamos la realidad, como cuando leemos un texto, e interpretamos aquello que realmente decreta, de lo que es parte de nuestra incomprensión debido a la falta de discernimientos y experiencia. La interpretación correcta del lenguaje hace una gran diferencia en nuestra verdad relativa, no así en la verdad universal que emana de Dios.

Nuestra verdad es relativa; ella al estar conformada por cada una de nuestras experiencias, es diferente de las otras personas. Cada quien tiene su manera de mirar las cosas, ello influenciará directamente el entendimiento y vivencia de la verdad de cada individuo. La comprensión es un arte que se desprende de la paciencia y el entendimiento. Adelante, más lejos, irá a aparecer el bálsamo que conforta el corazón y que le permite al espíritu liberarse de sus cargas para alcanzar la libertad de la que tanto hablan las escrituras.

La verdad de Dios no es relativa, es absoluta. Ella no depende de nuestras interpretaciones, ni de nuestros conceptos, es auto-generada y causal, no precisa de nosotros para ser una realidad, y es la respuesta a todo aquello que ven nuestros ojos, perciben nuestros sentidos, o experimentamos durante la vida. Esa es la verdad que busca el hombre a través de la religión, la ciencia, la historia y el arte. El lenguaje trabaja al servicio de esa causa noble en su más íntima expresión. La exégesis –el arte de interpretar las escrituras sagradas- es tarea de hombres, porque Dios sabe muy bien de lo que habla, nosotros, sus hijos, no estamos en esta tierra más para hacer el ejercicio de aprender de su infinita sabiduría.

Azor Náxara

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