El apóstol Santiago, un santo aparecido, en la Nueva Extremadura
Historia Espírita de Chile
Como es natural en nuestras ciudades hispánicas, ellas se erigen desde las arboledas de la Plaza de Armas hacia los suburbios concéntricos. En santo principio de causalidad, Don Pedro el conquistador trajo a Pedro el apóstol a Chile el 12 de febrero de 1541. Junto con fundar y poner la primera piedra la cuidad “Apóstol Santiago de la Nueva Extremadura”, Don Pedro de Valdivia dio órdenes de edificar el primer templo de la nación que corresponde a la Parroquia El Sagrario ubicada en la Plaza de Armas; esto sin duda, en franca señal de la devoción y espíritu evangelizador con que vestía la misión española en aquellos entonces. Ese mismo espíritu, de ahora en adelante, sería cimentado por los españoles en las tierras de Chile.
Y así fue que el Alarife Pedro de Gamboa se apresuró a dividir el terreno en manzanas de 138 varas, de acuerdo con lo determinado por las leyes de Indias, dejando entre ellas calles de 12 varas. En aquellos tiempos la ciudad de Santiago era un campamento militar y como tal estaba regida por estrictas normas marciales. El toque de queda era rigurosamente respetado y nadie se aventuraba en sus calles por la noche. En caso de una emergencia los ciudadanos debían reunirse dentro de la empalizada que cercaba La Plaza de Armas, en ella, a cierta altura, un camino de ronda hacía circular a los centinelas que esperaban premunidos de armamento el ataque del temible guerrero Michimalonco, gran caudillo de la nación Picunche, que en aquella época dominaba bajo su cetro la zona central del Chile.
Cuenta la historia sagrada que un 11 de Septiembre de 1551 se encontraba Valdivia de campaña junto a sus huestes en el sur, asegurando la colonización de las tierras de Arauco indomado. Fue una mañana al amanecer que seis mil nativos bajo el comando resuelto de Michimalonco se lanzaron a atacar el caserío que los españoles habían montado en el flanco norponiente del cerro Santa Lucia, lugar estratégico por su visión única del valle y por su cerco natural que le proporcionaban los dos brazos con que contaba el Río Mapocho.
En aquellos entonces Doña Inés de Suárez era la encargada de dirigir a los hombres en ausencia de su compañero y caudillo de tropas Don Pedro, ganóse el respeto y admiración de los soldados al servir incansablemente de enfermera durante el inclemente viaje a través de los Andes, siendo la única mujer de la expedición y mostrando un carácter y coraje a prueba de hombres. Al mando de cincuenta y cinco soldados, que habían quedado en la ciudadela, premunidos de cañones, arcabuces, hachas, lanzas y espadas, resueltos a sangrar por sus vidas, les resistieron en batalla. Dantesca fue la visión y el pánico que generaba el avance de las tropas organizadas de Michimalonco sobre el caserío. Una vez en el objetivo, los dueños de las tierras prendieron fuego a las casas de paja y barro dando gritos y declamando arengas en contra de la dominación de sus tierras.
Doña Inés no titubeo en el enfrentamiento, condujo con decisión y aplomo a sus soldados, superiores en armamento y tecnología; a pesar de la diferencia dominante de número, pudieron resistir las primeras horas del teñido combate. Ella misma, durante la batalla, no vacilo en hacer degollar a seis caudillos nativos prisioneros mientras vomitaba dirigiendo la ejecución. Las seis cabezas fueron clavadas en lanzas y ejemplarmente exhibidas en la empalizada alrededor de la Plaza de Armas; último amparo de los aterrados españoles. Este era el macabro símbolo de que se quedarían y darían cruenta y encarnizada lucha fuesen cuales fuesen las consecuencias. Mientras, se oían los rezos de las mujeres, las suplicas por la misericordia de sus carnes y sus suertes, la batalla no daba tregua ni descanso…
En escena, los ejércitos nativos de Michimalonco avanzan en nueva y organizada ofensiva, resueltos a acabar este negocio de una vez. Súbitamente, ocurrió lo inimaginable. Comenzaron a huir despavoridos los hombres de Michimalonco, como si un aparecido les hubiese helado el alma con un rayo. Los españoles, perplejos con lo sucedido, no llegaron a comprender lo que había ocurrido sino hasta después de la batalla, cuando los mismos nativos relataban lo acaecido aquel día en el campo de honor:
“En esto ví el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco y el que estaba montado sobre el se llamaba Fiel y Veraz el cual juzga con justicia y combate. Eran sus ojos como llamas de fuego, y tenía en la cabeza muchas diademas y aun nombre escrito, que nadie le entiende sino él mismo. Y vestía una ropa teñida en sangre, y él es y se llama el VERBO DE DIOS. Y los ejércitos que hay en el cielo, le seguían vestidos de un lino finísimo blanco y limpio, en caballos blancos. Y de la boca de el salía una espada de dos filos para herir con ella a las gentes. Y él las ha de gobernar con cetro de hierro, él mismo pisa el lagar del vino del furor de la ira del Dios omnipotente, y tiene escrito en su vestidura y en el muslo: Rey de los reyes y Señor de los señores.”
Apocalipsis XIX-11
Este texto del Apocalipsis de la Biblia es quizás la manera más descriptiva para resumir la realidad que vivieron aquellos hombres el 11 de septiembre de 1533. Los guerreros de Michimalonco relataron algo muy parecido a lo escrito en la Biblia por el apóstol San Juan. Curioso resulta que solo los nativos tuvieran esta visión en el campo de batalla, los españoles afirmaban simplemente no entender lo que había ocurrido aquel día, al parecer no vieron nada en el campo, aparte de la inexplicable huida de los enemigos. Los naturales describieron con detalle a un jinete blanco que cabalgaba con una espada sobre los cielos del valle de Santiago, despavoridos huyeron ante semejante espectáculo. Miles fueron los testigos de esta visión y simultáneamente contaban la misma historia unos y otros por distintos lugares.
El apóstol Santiago, Hijo de Zebedeo, había aparecido una vez más, ahora en las distantes tierras de Chile, recordando la batalla del rey Ramiro I de Asturias cuando se enfrentó a las tropas musulmanas de Abderramán II en desigual combate. En pleno estruendo de la batalla el apóstol Santiago se aparece con su espada en mano montando luminoso su célebre caballo blanco dando de sablazos a los infieles. Una vez más, y como siempre, los vestidos en nombre de Cristo, dominan contra pronóstico humano el combate y el mito jacobeo ultrapasa los montes Pirineos. Se consagra a partir de este suceso el apelativo de Santiago Matamoros, siempre después de él, como quién lidera la avanzada en combate, ha de venir la Virgen María.
Ahora, los hombres blancos traían más que pólvora, arcabuces, espadas y acero; Dios mismo venía con ellos y deseaba que se quedasen en aquellas tierras. Los españoles interpretaron la visión que habían tenido los nativos como la del Apóstol Santiago montado en su caballo blanco. El cielo había hablado para los naturales también en estas distantes tierras del fin del mundo. Desde ahora Michimalonco y sus hombres cambiarán de actitud hacia los extranjeros, pasaran muchos a ayudarles y a aprender de su Dios, idioma y costumbres. Años mas tarde el mismo Michimalonco se convertiría y ayudaría en la causa de los españoles. Esta señal determinante sirvió para calmar los ánimos en los valles centrales, y fue decisivo para asegurar la supervivencia de la colonia de españoles, y de la ciudadela del Apóstol Santiago de la Nueva Extremadura.
A medida que las tropas avanzaban hacia el sur del territorio internándose en las selvas australes, se sucedían combates y escaramuzas al paso de las tropas. Esta no sería la primera vez que los nativos verían aquellas señales espirituales con los conquistadores, muchas son las historias donde los naturales hablaron de señales espirituales con los sellos del cristianismo. Generalmente se daban en los campos de batalla. Estaban temerosos, y al igual que un día, como le sucedió a Moctezuma, Atahualpa y tantos más, vaticinaron un cambio profundo en los tiempos y con ello el fin de una etapa en sus vidas y reinos. Lo que habían dicho los abuelos videntes años antes, sobre la llegada de estos hombres de barbas y cabellos como el oro, era verdad. El cielo revelaba que los tiempos estaban cambiando y las profecías se estaban cumpliendo. ¿Qué tipo de magia era esta? ¿Qué Dios era este? Perplejos y asombrados, muchos se fueron convirtiendo a la santa fe, bebiendo las palabras sagradas de las escrituras conforme está escrito.
Ya en resuelta avanzada, en el trazado de los solares y en la demarcación de la nueva ciudad y colonia hispana, el decreto mismo de cada fundación es prácticamente cristiano. Los hombres trabajan encomendados a las santas defensas. Ya ha sido probado que es por ello que se mantienen aún con vida. Dios esta presente a través de los hombres, orquestando desde las alturas la evolución de su comarca. Se han mostrado las señales que sirven de empuje para esta obra. Se construye una nueva tierra bajo el manto estrellado de la noche galáctica, quien espera un suspiro de luz para plasmar el inconsciente, tal cual fuera una película fotográfica de los tiempos. Un solar le es entregado a la Iglesia para que con el haga la voluntad de Dios en el centro mismo del nuevo reino. Los valores del estado se cimentarán en Cristo y su doctrina, independientemente de la consciencia de los hombres, estos seres velarán por el territorio. Un fin por sobretodo pedagógico y de progreso en gran escala. La nueva nación que ahora se constituye bajo el manto de María, en el primer impulso de los hombres; será una tierra igualitaria donde reinara la paz en la medida humanamente posible; donde los valores fundamentales de la doctrina cristiana brillarán sobre el reino de la materia.
Mientras, la tranquilidad lo permitía, las gentes del nuevo Santiago, en épocas de la colonia, imprimían estos ánimos y pensamientos en sus labores diarias; en la confección de sus objetos; en el humor cotidiano infundían el vigor cristiano en el pensamiento renovado; en el ánimo de erigir: los hombres soñaron un mundo mejor, lejos de las callejuelas de la vieja Europa. Como en todo primer impulso, la intención es encantadora, el mundo parece beldad; a instantes el Sol radiante parece nunca acabar. La libertad alada se posa por sobre los hombres, entre relámpagos, la ilusión parece cercana a la realidad.
Un poco más allá, el camino al infierno aparece ante nosotros, ornado de buenas intenciones. Este primer impulso creativo de los primeros ciudadanos de Chile en el siglo XVI, es el sueño de la nueva realidad que se ira a construir desde ahora en estas tierras, una fundación fuerte como para soportar los rigores de la historia que se aproxima. Las Naciones, como células, nacen de otras, para después hacerse libres, una vez conociendo la libertad, volverán a unirse para crear algo supremo.
La parroquia El Sagrario símbolo de la primera piedra de la Iglesia de Cristo en nuestra nación, fundada por Don Pedro de Valdivia en 1541, en nuestros días corresponde a la capilla, a un lado de la Catedral Metropolitana, donde se encuentra una imagen de la Virgen del Carmen patrona de las tierras de Chile, encargada a la casa Rorissier, en París, por José Ramón Ossa y Mercado para su residencia en Copiapó. La imagen llegó a Chile en 1828, luego de haber pasado por muchas Iglesias, conventos, procesiones y hospitales. A su manera y ataviada de misterio llegó a Chile la sagrada doctrina. Desde el corazón de la ciudadela del “Apóstol Santiago de la Nueva Extremadura”, irradiaría la Iglesia, un nuevo esplendor en las duras jornadas de los hombres; estos son los planes en las alturas, aquí abajo en la tierra reina el desconcierto, el poder enceguece a los hombres. Presa de ello, aparecen las tempestades cotidianas. Sabemos que la doctrina es Santa ¿pero los hombres? ¿Y sus pensamientos? ¿Qué harán con el poder? Entonces debemos tener la calma para entender “en la medida de lo posible” lo que aquí sucede. Medida humana, imperfecta: he aquí la base de los relacionamientos humanos: en mi reposa la responsabilidad única de mis actos; ello influirá directamente los ánimos del entorno. Rezad. Nuestra Madre Santa inseminada del espíritu divino aboga por los hijos de la tierra en linaje santo, perpetuando el avance de la humanidad como obra suprema.
Aquí abajo, en la Nación Tierra, encarnadas las ánimas, los sagrarios iluminan como estrellas las ciudades del hombre, cruz que viaja por los espacios dando testimonio de la obediencia de sus hijos al comando del planeta. He aquí nuestro tesoro en la construcción de nuestra historia; pequeña imagen del cielo en la tierra; tierra santa: la obra más anhelada por los hombres. Todos la quieren pero, ¿Quién está preparado para habitar en ella?
Carlos Esteban
