Eurípides y las lágrimas de Jesús
Érase un día en la Tierra, planeta maravilloso, de verdes bosques, cascadas, glaciares y abundantes aguas que fluían por los mares y ríos nutriendo la vida a su paso. Mundo celeste donde aún muchos de sus habitantes, en aquellos tiempos, aún no alcanzaban la razón ni el entendimiento entre ellos; se sonrojaban todavía los humanos, cual adolescentes, ante la palabra Amor. Los niños contemplaban aún desconcertados a sus padres en busca de una respuesta ante los misterios que les desvelaba el jardín. Corrían los otoños de la existencia en aquel lugar extraordinario y asombroso que poseía todo para que los hombres fuesen felices y se desarrollarán en plenitud. Pero, aún así, el ego y el odio se expandían como una epidemia por los campos de trigales, y el rugido de las ciudades llegaba a perturbar hasta la calma de los bosques; mientras, los animales contemplaban temerosos el espectáculo de los hombres. Reinaba aún la ignorancia en aquella tierra, y decían los ángeles, sobre aquellos hombres, que había que tener paciencia y conformación, pues llegaría el día en se entenderían a sí mismos, descubriendo dentro de ellos el misterio que los haría cambiar y despertar a la verdadera magnitud del verso de la vida. En aquellas alboradas, la humanidad de la Tierra, alcanzaría por fin la luz del creador, reconociendo así su sustancia divina. Cantaban los ángeles que este era un asunto de progreso y merecimiento.
Creían aún estos hombres en monstruos y demonios, en brujos, hechiceros y adivinos, dinero, maquinas, apariencias; creían incluso en la muerte. Los ángeles decían que el demonio no existía, que solo existía la ignorancia. Pero aquellos hombres aún creían en cuentos, pues en cuentos dormidos vivían. Y muchos de sus cantos y artes aún eran burdos de obsesiones y egolatrías. Odios y guerras habíanse transformado en la razón de vivir de muchos. Aquellos días de la tierra irían a pasar, para que nuevas almas llegasen arrastrando la luz de las estrellas y así germinase por fin un jardín en aquella tierra. Podría pasar cualquier cosa con estos hombres, podía pasar que incluso pensasen que estaban ya buenos y sanos. Cuando algún espíritu de luz, de los cielos descendía, era avisado de que probablemente encontraría la muerte por sembrar la alegría, pues estos hombres tercos gustan de vivir como están, desafiando, solo de ignorantes, hasta al mismísimo creador su único Dios. Así fue que Señor les dio profetas, guías e iglesias para que estudiaran las escrituras y preparasen el camino de la cosecha. En un año de esos, hace dos mil, llegó el excelentísimo Jesucristo, en el fin del Imperio Romano, cuando había carreteras para transitar por el mundo y expandir su conocimiento sin demora. En aquellos entonces dejaban los hombres de pelar con palos y piedras para descubrir el vivir civilizado; llegaría lentamente, a partir de ahora, el anhelado Imperio de los Cielos para gobernar con los hombres la Tierra. Lentamente, con paciencia de ángeles, se construiría la nueva tierra, milenios más adelante. Toda gran obra, requiere un largo plazo y esta no sería la excepción. Todo estaba bien calculado y dispuesto.
Sucedió entonces en el simplísimo Sacramento, un pueblo devoto y cristiano de un país acariñado, que caminaba nuestro héroe Eurípides. Convencido y resuelto enseñaba como buen maestro las artes del Señor a los jóvenes que le procuraban, devotos y fervientes aprendices de los rectos caminos del espíritu. Humilde, franco y quisto asumía su tarea con alegría y entregaba cada palabra y enseñamiento con vocación. Traspasaban sus palabras la inteligencia común de los hombres, sospechándose tras su discurso el chispazo divino. Respetado y admirado, nuestro Eurípides dirigíase hacia la plaza del pueblo como lo hacia cada mañana para leer el periódico local. Fue en eso, mientras caminaba, que súbitamente sintió una vibración el oído. Aquel zumbido oscilatorio que siempre le alertaba cuando algún espíritu de luz le venia a comunicar algún mensaje. Acostumbrado ya a estas cosas, miro en torno de si en busca de una banca tranquila y se fue a sentar de inmediato bajo el regazo de las higueras de la plazoleta. Una vez allí salio de su cuerpo como acostumbraba, pues Dios mismo le había concedido tal facultad, y subió a los cielos, tan alto, tan alto, como nunca había llegado. Se encontró de pronto entre nubes, y abriéndose paso a través de ellas, diviso un ser de túnica color de papiro que lloraba sentado sobre una piedra de mármol. Al acercársele, Eurípides, no tuvo duda, estaba frente al maestro Jesús. Jamás hubiese hablado para interrumpirle, pero el despierto Eurípides, sintió que estaba allí por algo, a solas con el maestro y conmovido, cobro fuerzas, y le pregunto:
-¿Maestro, lloras?
-Sí, lloro. Le respondió Jesús iluminado en resplandores de oro.
-Entonces, Maestro, debes tú estar llorando por todos aquellos rebeldes que habitan la tierra y que no escucharon tu mensaje.
-No, Eurípides, no es por eso que son mis lágrimas.
-Debes entonces Maestro llorar por todas las guerras y las calamidades que azotan a la humanidad.
-No, querido Eurípides.
-Entonces Maestro, debes estar llorando por los pobres y los desdichados de espíritu, por los sin fe.
-No, querido Eurípides, no es por eso que lloro.
-Entonces, Maestro ¿dime por qué lloras?
-En verdad te digo que lloro por todos aquellos que si escucharon mi mensaje, y habiéndolo oído no han dado cuenta de las enseñanzas que mi Padre les dejo; no han sabido conducir los rebaños, ni han mostrado con el ejemplo que les deje. Por ellos, es que son mis lágrimas, mi querido Eurípides.
Tremendamente consternado y compadecido del dolor de Jesús, mas aún sintiendo el peso en el alma de haber sido testigo de aquella escena, Eurípides bajo a la tierra, descendió de las nubes y volvió a su cuerpo que reposaba aún sentado en la banca de la plaza de Sacramento. Se sintió tan consternado y tocado por aquella visión, que desde ese día trabajo aún con más ahínco en la obra de los pobres enfermos y desvalidos, entregando su vida a servir a los más desamparados. Desencarno en medio de una epidemia que azotaba a las naciones del mundo después de la Primera Guerra Mundial. Pobre, solitario y entregado, su corazón a las lágrimas y al dolor de Jesús, no descanso hasta entregar su máximo esfuerzo por mejorar la Tierra, esfuerzo que finalmente le hizo dejar la materia contagiado por la peste un 1 de Noviembre de 1918, llego a ser conocido como “El apóstol de la caridad”.
Carlos Esteban
Dedicado al espíritu noble de Eurípides Barsanulfo

Oración a Chico Xavier
Suave Chico pide a Dios por nosotros.
Tu que supiste traer a Jesús e nunca permitiste sobornarte por las vanidades del mundo.
Tu que en el desempeño de la mediunidad alcanzaste el mediunato.
Tu que te fortificaste en las horas mas graves del sufrimiento.
Que supiste construirte de modelo, intercede junto a Jesús, por la patria del Cruzeiro, por Chile, por nuestro planeta.
En esta hora grave de violencia que te conmovía y de desespero que te inspiraba compasión ante los grandes desafíos que nos aguardan.
Nosotros los de la retaguardia, intercede ante el Señor, por nosotros, que todavía no dejamos el cuerpo carnal, a pesar de que nuestro espíritu sueña con las estrellas.
Se nuestro intermediario ante Jesús.
El siglo XX se entrono por las conquistas de la ciencia, de la tecnología, de las artes y del pensamiento filosófico, pero también se engrandeció por las estrellas que descendieron a la tierra, conforme asegura Allan Kardec en la introducción del “Evangelio Según El Espiritismo” para iluminar la gran noche, y entre esas fulguras, hay un Astro 10 de grandeza.
Francisco de Paula Candido Xavier
El hombre amor.
Vivimos un momento muy grande de decisión.
Todos nosotros o casi todos estamos afligidos, ansiosos levantando el alma en la dirección del cielo para suplicar misericordia.
Las dificultades son desafiadoras, no desanimemos en la ruda batalla, el Señor vela en la tempestad cruel.
El Señor conduce la barca, no cultivemos el pesimismo, ni la revuelta, tampoco el desespero, acordándonos de Francisco Candido Xavier.
O simplemente de Chico
Como el gustaba que le llamasen
Simplemente precioso y profundo cómo todo lo que tú proyectas…
Carlos,un día decidiste plasmar tu alma en este sitio y mandarlo a volar por el mundo, fomentando el arte espiritual y atenuando la soledad de cualquier navegante que pueda coincidir, o identificarse con estas páginas por ello Dios te premiará sin duda muy pronto con regalos del alma.Atento.
Un beso y un abrazo eterno.
Sinceramente muchas gracias J.P. Un gran abrazo para ti.
Hermoso texto Carlos, conmovedora la oración que nunca perderá vigencia…me gusta tu música.
¿Qué pasa? ¿Todo está bien aquí?
Sí.
Y ni imaginas cuanto alegra mi corazón.
Abrazo y varios siete besos
Vivi, en 14 de febrero. Verano de 2008
Todo bien y tranquilo, querida Viviana. Que bueno que te ha gustado.
Muchos cariños para ti.