Se acabó la fiesta
Atrás han quedado los años dorados del consumo masivo, atrás quedan las memorias de un planeta lleno de recursos naturales, en el tinte del olvido perpetuo quedan los testimonios de una naturaleza en armonía con sus habitantes; esto ya es historia. Todos como habitantes de este planeta somos responsables. Hoy la naturaleza esta disconforme, enfurecida, sintiéndose violada y usada, reclama su derecho a vivir, a subsistir, porque es testimonio de Dios en este cuadrante del universo. Hoy, se acabó la fiesta y lo atestiguo con santa firmeza, con divina convicción. Afírmese usted. Aquellos días de gloria y majestad, aquellas jornadas de suculentos manjares y de abundancia han pasado al olvido ¿dónde buscamos el paraíso cuando Dios nos habló de él?, ¿dónde buscamos el infierno? ¿en las estrellas, en el cielo? ¿en la vida después de la “muerte”? Falso. Es aquí, aquí cerquita. A la vuelta de la esquina, en el bosque que había mas allá de su fundo, que hoy solo sobrevive en sus sueños; en los prados reverdecidos que había donde hoy habita la industria, en el océano misterioso; en los cielos, en los dominios de las aves; en los ojos brillantes de misterio de una natural mujer, en la fuerza terrestre de un hombre asumido; en tu actitud con tus semejantes, en esta vida; dentro de tu corazón, una vez allí, entre tú y la naturaleza se hará visible la magia que te hará comprender el misterio de la vida. El paraíso era. Faltas tú, despierta, sino, se escurre la vida de las manos como arena. Sufrir para valorar, llorar para aprender, quitar para tener, odiar para llegar al amor. Este planeta con sus riquezas y su naturaleza exuberante quita el aliento a cualquiera. Usted es dueño de este paraíso. ¿Acaso se regala y encumbra a los que no merecen? El paraíso hay que construirlo, luchar por el, Dios nos dio las manos para amasar y transmutar la materia, esa es la misión del hombre. Difícil, titánica, una aventura en la galaxia. El pan es testimonial, sagrado por su mágica esencia humana. Lo hemos echado a perder, da vergüenza, pido perdón, pida usted también, de paso ayuda. Todos hemos participado de esta fiesta. Hoy los monos atacan las poblaciones humanas, hoy los pájaros entran a robar a las tiendas, hoy la naturaleza reclama su derecho. Hoy todos saben que es verdad, hoy por hoy y para mañana, muchos de los que están en el poder quieren asegurar su última tajada en esta torta ¿hasta dónde habrá que llegar para que los ignorantes y codiciosos despierten? Hoy Señores del Mundo, se acabó la fiesta. Usted ya verá, está escrito desde que los tiempos son tiempos. Oigo y apoyo el plan divino en este lindero del universo.
Carlos Esteban

Carta de respuesta del Jefe Piel Rojas de Seattle, a la petición de compra de sus tierras, que le hizo el presidente de los Estados Unidos, 1854
El Presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envía en 1854 una oferta al Jefe de Seattle (Sioux) de la Tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los Estados Unidos, los que hoy forman el Estado de Washington, prometiendo a cambio crear una “reservación” para el pueblo indígena, el Jefe Piel Roja le responde en 1855 con la más hermosa carta que jamás se haya escrito sobre el medio ambiente.
Jefe de los Caras Pálidas:
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?, esa es para nosotros una idea extraña.
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?
Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva con sigo la historia del piel roja.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.
Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Washington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua brillante que escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar de que ella es sagrada, y deben enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.
Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, vosotros deberéis dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Una porción de tierra, para el tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.
La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.
Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las vuestras. Tal vez sea por que el hombre piel roja es un salvaje y no comprenda.
No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera, o el batir las alas de un insecto. Más tal vez sea por que soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos.
¿Que resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas al rededor de un lago?. Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.
El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre – todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, el debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.
Por lo tanto, vamos a meditar sobre vuestra oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo como es que el caballo humeante de fierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.
¿Qué es el hombre sin los animales?. Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales, en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.
Vosotros debéis enseñar a vuestros niños que el suelo bajo sus pies son la ceniza de vuestros abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a vuestros niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.
Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; el es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.
Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.
Vosotros podéis pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, El es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre blanco.
La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos.
Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.
Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.
¿Qué ha sucedido con las plantas? Están destruidas.
¿Qué ha sucedido con el águila? Ha desaparecido.
De hoy en adelante la vida ha terminado, Ahora empieza la sobrevivencia.
Gran Jefe Seattle
Este texto es probablemente una de las fuentes mas hermosas y poéticas donde esta reflejada la sabiduría y el conocimiento humano. Me entere el otro día que esta, sin embargo, es la primera parte del discurso, el resto se conserva en el Vaticano, textualmente bajo siete llaves.
Eterna Vida a las Doctrinas Nativas
Querido amigo,
Los codiciosos, mediocres ignorantes, no despiertan porque no duermen. Lo suyo es un letargo eterno, lamentable.
Nos toca la mejor parte:
Pedir perdón, Agradecer, Valorar, Cuidar, Amar, Ser parte del Todo y Estar presente -gritar ¡presente!- como cuando eramos niños y desde el pupitre a viva voz nos hacíamos ver…¿te acordás? bueno, igual:
Señor, aquí estoy. Usame.
(Ahora, pensándolo bien, no sé si tiene algo que ver con el texto el comentario que dejo, pero no releo y pulso send)
Tiene que ver, Gaia es testigo.
Un afectuoso saludo
Eclesiastés 12 (Reina-Valera Antigua)
9Y cuanto más sabio fué el Predicador, tanto más enseñó sabiduría al pueblo; é hizo escuchar, é hizo escudriñar, y compuso muchos proverbios.
10Procuró el Predicador hallar palabras agradables, y escritura recta, palabras de verdad.
11Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados, las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor.
12Ahora, hijo mío, á más de esto, sé avisado. No hay fin de hacer muchos libros; y el mucho estudio aflicción es de la carne.
13El fin de todo el discurso oído es este: Teme á Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.
14Porque Dios traerá toda obra á juicio, el cual se hará sobre toda cosa oculta, buena ó mala.