El alma que silencio al mundo por 6 minutos
Para comprender la Fuerza Divina y lo que ella envuelve es necesario recurrir al Sol, la Luna y las estrellas para descifrar su naturaleza. Afirmar nuestra mente y nuestro espíritu en el horizonte radiante con el impulso de la fe; recurrir a la meditación: delicado camino hacia la sabiduría y las puertas del espíritu del hombre; percibir la verdad lejos de los pensamientos y de las interpretaciones. Solo así se asomará la realidad una vez que la calma entre en nuestro corazón corriendo el velo de la ilusión.
Solo mediante el ejercicio perceptivo e intuitivo podemos imaginar tan tamaña realidad en cada partícula de nuestras sustancias y en todo lo que percibimos en el universo vivo. Este texto no promete dar una explicación cabal, ya que ello sería mera especulación, sino más bien llamar a la reflexión y abrir el entendimiento a una realidad latente y cotidiana que sucede a cada instante, en cada lugar y plano del universo.
Veamos…
Aunque no nos demos cuenta de ello la Fuerza Divina esta aquí presente, viva dentro de nosotros, en todo aquello que podamos percibir de nuestro entorno, aún en aquello que debido a nuestra limitada condición humana nos es imposible siquiera apreciar. La Fuerza Divina parte de nuestra cotidianeidad porque SOMOS por causa de ELLA. Es combustible de los impulsos del universo. Su emanación fluye del creador, de la mente cáusica universal que es la forjadora de la creación, aquella potencia viva e inteligente que inspira y sostiene la realidad en cada pulsación.
La ciencia que Cristo nos dejo en su paso por la Tierra, nos revela el poder de la Fuerza Divina. La misma realidad donde se movían lo antiguos chamanes y los hombres de conocimiento, magos e iniciados de las eras, aunque esta vez, a través de la revelación del cristianismo, elevada a una modernidad superior de acuerdo al avance inmortal de los tiempos.
El gran Buda, Moisés, y los profetas del antiguo mundo la percibían y aprendieron a actuar y a moverse dentro de ella. Podían a través de este entendimiento del universo, del fuego, de la tierra, del agua, la mar y los espíritus, realizar proezas, curar y hacer predicciones que sorprendían al común de los hombres. Algo mágico había en estos hombres, sacerdotes, profetas, brujos, astrólogos y curanderos. Certeza en lo invisible. En la cotidianeidad de nuestro lenguaje y en las interpretaciones populares, aquello que no es comprendido es llamado de magia o brujería y se apela a la superstición. Hoy los tiempos modernos, exigentes en materia de estudios, nos invitan a usar la palabra ciencia para descifrar y comprender esta realidad. Porque la magia no existe. Detrás de cada fenómeno hay un efecto, y este a su vez es antecedido por una causa.
La oscuridad y su hermana la ignorancia, se evaporan mediante la claridad. La ciencia es un vehículo para acceder al conocimiento, un método que se fundamenta en la observación de hechos y en la comprobación de los mismos; por lo tanto, a través de este sistema de investigación y comprobación de hechos podemos acercarnos a la verdad con fundamento. Aunque bien es cierto que todo ejercicio de investigación y comprobación no es de orden solamente intelectivo, sino también de carácter intuitivo, es verdad, y no podríamos negar, que la certeza que se puede abrigar en el corazón forma parte de un hecho comprobable por sus resultados. Un simple pensamiento o una firme actitud pueden cambiar muchas cosas, desde nuestro cuerpo, nuestra mente, espíritu y materia hasta el mundo entero. He aquí la fuerza de la fe.
Para entender este ambiente es menester comprender que el centro del hombre es el espíritu, no la carne ni la materialidad terráquea. La carne es subsidiaria del espíritu. Esta sentencia, que reposa en nuestra verdad íntima e intuitiva, descendida desde los éteres superiores, es fundamental para poder comprender nuestro rol aquí en la Tierra. Todo proviene del espíritu. La creación de nuestro mundo, nuestros cuerpos, nuestras plantas y animales, hasta la mismísima materia es enteramente obediente a los campos superiores y a los reinos del espíritu.
La trina realidad de la pedagogía espiritual nos revela a un Padre autor que crea a sus hijos “simples e ignorantes” y les entrega el premio de la libertad y la perfección mediante el trabajo de su propio sacrificio. Dentro de este entendimiento nuestra vida cobra un sentido mucho más poderoso y eterno y los límites se esfuman por completo. Circulamos entre el infinito misterio, en una aventura apasionante, lejos ya de una mera rutina sin aparente sentido. Quien no entiende la ciencia del vivir es presa de su ignorancia y manipulable. El poder de la verdad nos descubre una gran escalera por la que debemos subir en camino a perfeccionar nuestros espíritus, para alcanzar por fin la anhelada libertad.
Entrar en la Fuerza Divina es experimentar otro nivel de conciencia donde muchas de las cosas que nos parecen aparentemente imposibles lo son perfectamente en esta realidad. Es un mundo que opera con otras reglas y donde la mayoría de nuestras limitaciones se reducen a un plano mental y físico.
Cristo era un experto en moverse dentro de la Fuerza Divina, ello le permitía asombrar a los hombres con la magnitud de sus “milagros”. Comprendidos como fenómenos sobrenaturales, deslumbraban a las personas cambiando la historia del planeta para siempre. Por ello se le llamo el Señor de los Espíritus. Su pedagogía cambiaba nuestra percepción de la vida, entregándole la altura de una visión espiritualista de la realidad de la existencia del hombre. Dentro de este moderno sistema de creencias -que no se contraponía con las creencias de los sabios anteriores- el centro de todos los fenómenos de la vida tiene su causa en el mundo espiritual. Por ello el Maestro fue enfático en afirmar que la batalla del hombre se daba en su espíritu, depurándolo lentamente, cual cristal que se libra de las impurezas, iría a resplandecer el brillo perpetuo del alma a través de la revelación de lo que él llamo el espíritu santo y la vida eterna. Jesús era un espírita por naturaleza. Todas sus curas, milagros, pedagogía y oratoria se inspiraban en la jerarquía del mundo espiritual por sobre la materia. Enseño al hombre el camino para trabajar el espíritu y vencer las limitaciones transitorias de la carne. Más lejos aún, desvaneció la oscura cortina de la muerte que llena de turbiedad el resplandor y la dimensión de la existencia.
Jesús caminaba por el mundo de los hombres sin pertenecer a el, viajaba dentro de la Fuerza Divina, aún estando su cuerpo físico en la materia. Ello le permitía dominar la materia desde el plano espiritual, haciendo así sus curas, prodigios; mirando con compasión a los hombres sedientos de Fuerza estelar y de la guía de las estrellas que confirmaba un reino donde todos somos hijos bienamados. Nunca hubo en la Tierra un hombre con un dominio semejante de lo invisible. Él se hizo de las nubes, del viento, de las montañas y de los espíritus para dominar sus potencias y demostrarle al hombre el reinado de la maravillosa tecnología de la transformación mediante el dominio de las fuerzas espirituales.
Enseñaba mediante el amor, porque es el corazón en los hombres el reactor para comprender, penetrar y desplazarse en la Fuerza Divina. De aquí ha de desprenderse la mágica sentencia de la camaradería de la especie: la caridad, palabra que involucra humanidad, clemencia y misericordia hacia todos los semejantes que están en la condición tanto de la carne como del espíritu, del reino animal, vegetal o mineral. Siendo todo parte de Dios, el creador, le imposible abstenerse de la responsabilidad de la compasión a un espíritu esclarecido. Caridad es responsabilidad social, significa comprender la condición de la carne y el espíritu, prestarle ayuda a la evolución de la causa de la humanidad que es la voluntad altísima de nuestro Dios creador. La caridad es acción social: de ella se desprenden los fundamentos más sólidos del humanismo y de la fraternidad. Es el altruismo aplicado en su máxima expresión.
Al ser todos partes del todo y al estar nuestras emanaciones espirituales conectadas en todo momento, ya sea en la vida o en el plano espiritual, la compasión es la acción del progreso moderno. Las redes de cooperación reciproca permiten avanzar más rápido y con más eficiencia. Mientras mi vida este mejor, aquel que me acompaña lo estará también y así sucesivamente. La Fuerza Espiritual nos demuestra con creces que es este un fenómeno contagioso, práctico y de una modernidad que aún no hemos logrado comprender. Compartir, colaborar y socorrer es la piedra de ángulo y el escudo de una sociedad moderna y de una estructura social cooperativa.
Podemos entrever mediante estas palabras, que intentan dar una aproximación a la fenomenología del espíritu y sus aplicaciones sociales, que el mensaje del Maestro Jesús aún no fue entendido. Tampoco aplicado en modelo social alguno, exceptuando algunas iglesias, instituciones y doctrinas del mundo donde se hace todo el esfuerzo humanamente posible por permanecer a la luz de la verdad y del buen camino. Las fenomenologías de orden social y material han confundido muchos de los mensajes, tratando de explicar ciertos prodigios de la ciencia divina partiendo desde la realidad de la materia, o más común aún, confundiendo estos mensajes y esta ciencia celeste con condiciones sociales del individuo como lo son la religiones o las instituciones. La verdadera iglesia, es aquel templo donde habita nuestro espíritu. Escoger una religión o una creencia es un derecho otorgado dentro de la revelación del libre albedrío y esta debe ser respetada cualesquiera que esta sea: entendiendo que a cada cual indistintamente le compete progresar y llegar a su propio entendimiento acerca de la realidad de la creación. Si bien es cierto que la verdad universal es una sola, nuestra condición relativista sienta las bases para nuestro propio desarrollo y nos desprende frutos dadivosos que son una experiencia única para cada individuo. Aquella es la verdadera dimensión de la verdad para el individuo. La libertad a la luz de la doctrina y de las leyes universales que rigen firmes y perpetúas los misterios del universo.
La Fuerza Divina opera bajo estos preceptos y los comparte con todo aquel que desee aprender. Volver a la fe del Cristo para mover las montañas –de nuestro interior- es una argumentación sensata y que apela al buen sentido común. Dentro de esta Fuerza, que exige el abandono a las circunstancias, es posible sentir la libertad del espíritu que comienza a comprender porque está aquí, cual es su misión y lugar en esta existencia. Nuestra voluntad es nuestro propio destino forjado con sudor y sacrificio, con las privaciones mundanas de la carne y las ilusiones transitorias del materialismo. Todo esto con el fin de alcanzar la verdad, el conocimiento, la libertad y con ello la tan ansiada vida eterna.
Azor Náxara
“El hombre está siempre dispuesto a negar aquello que no comprende”
Luigi Pirandello (1821-1881)
Bien es sabido que nuestro planeta es uno de los tantos mundos habitados por criaturas inteligentes que abundan flotando en la inmensidad del cosmos. También, dicen respecto a ello los espíritus, no es el peor de ellos pero si uno de los más atrasados que existen. Terreno de expiación para almas dadas a la rebeldía y al trabajo de caridad para mejorar y adelantar el camino en dirección al reconfortante progreso; al encuentro de la verdad del Creador. La prueba de lo primitivo de nuestro mundo se halla en sus habitantes, en sus conductas y en sus construcciones. Estamos en un terreno atrasado, dominado por el orgullo y el egoísmo, por la guerra, el hambre, la desigualdad, el materialismo y la ausencia de compasión. Vivimos aún sin comprender la sentencia universal que es el sustento de todas las formas de la creación. Dios es Amor.
La Tierra es del Reinado Universal, cuyo monarca absoluto e incuestionable es nuestro Dios todopoderoso. Su representante en la Tierra Jesucristo, el espíritu más evolucionado que ha pisado la Tierra, fue violentamente crucificado por las hordas del anti-amor y por los monarcas del analfabetismo. Sufrimos por aquello que negamos, padecemos de nuestra desobediencia, de nuestra ceguera e ignorancia respecto de las leyes y ciencias del espíritu.
Hoy hay numerosas guerras religiosas pululando por los campos de la Tierra, por las ciudades de los hombres, aún por los mares, se arrastran aquellas conductas adolescentes de experiencia cuyo sustento y política es ponerle el yugo a alguien para hacerle infeliz. Hacer esclavos, ya sea de creencias, de religiones mal entendidas y aplicadas, o de conveniencias políticas y económicas. Es este camino ilusorio que nos conduce a la anti-libertad del individuo. A pesar de ser naturalmente libres por decreto, somos presos de nuestras propias sombras interiores.
Como bien afirma el adelantadísimo Kardec y precursor indudable de la Nueva Era, “Dios creó a todos los espíritus simples e ignorantes” Ello con el fin del regalo máximo del individuo: alcanzar la libertad y la vida eterna por sus propios méritos. Esto porque creó seres inteligentes y no esclavos. Por ello nuestro sufrimiento está en directa proporción con nuestras conductas, ya sea de esta vida o de reencarnaciones anteriores. Bajo este mismo método se siente orgulloso y dichoso, inmensamente bendecido y afortunado, aquel individuo que alcanza sus méritos y éxitos por su propio sacrificio. Debemos de construirnos, aprimorarnos y estar dispuestos constantemente al cambio en beneficio del avance espiritual.
Hoy mucho se habla de las intolerancias religiosas, de los intereses políticos y económicos, del pueblo palestino e israelí, de los musulmanes y cristianos que dificultan un acuerdo que se dirija hacia la paz. La verdad es que todos aquellos que están en guerra padecen de la misma enfermedad. No reconocer la doctrina de Jesucristo que abrió las puertas para la Era del Espíritu. Porque ningún avatara se contradice entre si, porque la luz del entendimiento y del conocimiento sagrado del espíritu es solo una y es universal. Amor. Lo que cambia es el lenguaje, siendo este siempre proporcional al estado evolutivo en que se encuentran los hombres.
Moisés entrego las leyes, para mostrarle al hombre la ira y el poder de Dios. Ira porque aquellos que encarnamos aquí en la Tierra, muchos lo hicimos en calidad de rebeldes a la Ley. Pues bien, no debemos de sorprendernos que en aquel momento de la historia apareciera una voz de trueno y nuestro Dios blandiera la espada contra los insurgentes a las Leyes Universales. Del mismo modo, y en su tiempo, Jesús traía el conocimiento del Amor, la vida eterna, el poder espiritual de la fe y la reencarnación a través de su doctrina.
Solo hay algo que es más verdadero y sobrepasa cualquier religión. Dios. Muchas veces las religiones pasan netamente por un factor sociocultural. Por eso Gandhi decía: “Para mi, las diferentes religiones son lindas flores, provenientes del mismo jardín. O son ramas del mismo árbol majestuoso. Por tanto, son todas verdaderas” En todo terreno donde se pronuncia el nombre de Dios pueden ocurrir cosas asombrosas, por ello, todo aquel que se abstraiga de cualquier escenario mundano e ilusorio, simplemente concentrándose y pronunciando el nombre de Dios en la intimidad de su sustancia, puede contemplar la verdad. Dios no tiene simpatías socioculturales. Él es la cultura y la ilustración.
La guerra se soluciona con educación y entendimiento, con acercamiento, porque: “no hay caminos para la paz; la paz es el camino” Nuevamente sentencia el sabio de Mahatma Gandhi, quien libró a su pueblo sin disparar un tiro.
Nuestro planeta hoy arde en conflictos propios del estado evolutivo en que vive, de la transición hacia una tierra mejor y más moderna. Aún no somos lo suficientemente sabios para tener cambios sin una crisis, ni para leer en las escrituras. Son estas pruebas las que nos dan el empuje para hacernos mejores espíritus, con mayor compasión y entendimiento de la vida y del universo porque nunca hemos estado solos. La razón simple se descubre mirando al universo, solo aquí tenemos guerra, hambre y desigualdad. Aún teniendo un Dios infinitamente misericordioso y compasivo, aún poseyendo el Edén en nuestras manos, nuestros oídos sordos y nuestra mirada ciega nos hacen padecer los sinsabores de la vida terrena. Las masas se empeñan en destruir y perseguir todo aquello que les puede salvar y que es verdadero.
Si usted hace una mirada introspectiva a las naciones de la Tierra, descubrirá que todos aquellos pueblos que más sufren, ya sea por hambre, por guerra o por materialismo, son aquellos que se han revelado a la doctrina de Cristo. Esto no es curioso si se investigan las escrituras, ya que todo esto está escrito. Cada día que pasa, las palabras del maestro están más vivas que ayer. Porque Él encarnaba el Verbo y el Verbo Universal es atemporal.
Como es nuestra misión traer paz y conforto, aún en los escenarios más difíciles y huraños, debemos de decir que este es un tiempo para el festejo y la alegría. Porque todo aquello que está escrito está cumplido y lo estará por siempre en nuestra historia y en nuestros corazones. Nuestra misión no ha hecho más que comenzar y los sucesos del mundo de hoy nos alientan en la lucha contra la incredulidad, contra la maldad y contra la ignorancia, para plantar en esta Tierra el bastión de la educación y la ilustración que es la máxima de todo mundo moderno. Un Nuevo Hombre, un Nuevo Mundo, y una Nueva Era a la luz de los designios que el universo orquesta para nuestro floreciente destino.
Salve la presencia de nuestro bienamado Jesucristo, Rey de reyes y Señor del Universo.
Azor Náxara
El arte de la resurrección
”De este Espíritu, vida del Universo, procede, a mi entender, la Vida y el Alma de todo cuanto tiene alma y vida. Además creo en la inmortalidad del Alma, lo mismo que en la del cuerpo, pues en lo que a su substancia se refiere, también el cuerpo es inmortal, ya que no hay otra muerte que la disgregación, según parece inferirse de la sentencia Eclesiastés, que dice: “Nada hay nuevo bajo el sol. Lo que es, será”
Giordano Bruno 1549-1600
Hubo un día, no muy lejano, en que el hombre se cuestionó la oscuridad del momento en que vivía. Era preciso renacer para redescubrir los misterios que deparaba la existencia en aquel lejano planeta de la galaxia. Así fue que un día los hombres levantaron sus voces, sus pinceles y cinceles; llamaron al verbo para que les orientara y al arte para que los guiase en tal noble emprendimiento que quedaría marcado en la historia de la humanidad y se llegaría a conocer como el Renacimiento.
En plena Edad Media, donde el oscurantismo y la falta de espiritualidad profunda que antaño acompaño al hombre, se hizo escuchar con fuerza aquella nueva vitalidad contagiosa que llegó a todos los rincones de la vieja Europa. Era preciso levantar nuevas catedrales como nunca antes se hubiese soñado, alabar al Dios creador de las estrellas, buscar el sentido perpetuo del alma humana. Aquí en la Tierra.
El arte desde las alturas, para inspirar a los hombres que guardan esos siglos, bajo caudaloso por los torrentes del espíritu. Grandes personalidades escucharon el llamado sublime y le atendieron con firmeza en las labores terrenales de los hombres.
Al igual que hoy, aquellas voces del divino se hicieron escuchar para forjar un mañana mejor. Renacentistas somos aquellos que impulsamos la Tierra hacia un nuevo horizonte de esplendor, donde brillen las divinas cualidades manifestadas en las obras imperecederas de los hombres. Imperecederas porque nadie podría olvidar a un Miguel Ángel, ni aún menos a un Rafael, nadie podía no conmoverse con la obra de Leonardo, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola, Petrarca o pasar indiferente ante los textos universales de Giordano Bruno el “hereje pertinaz”.
Ayer el hombre vivía entre fortalezas de caliza para proteger sus feudos, hoy vive encerrado entre cercos eléctricos, rejas, circuitos cerrados de TV y escudos de misiles nucleares. El sentido materialista nos ha hecho olvidar el esplendor del arte, el alma sutil de una mujer, la voluntad de un hombre que lucha por aquello que cree, y más aún, nos ha hecho perder la conexión natural con el Sol, la luna y las estrellas en nuestra cotidianeidad terráquea. Por poco olvidamos que somos hombres, por poco olvidamos el amor y el sano juicio que orquesta toda acción portentosa.
La cima de nuestro mundo es hoy un holograma de fantásticas historietas sin sustento. Algunos se han conformado con muy poco. Esa pobreza es hoy nuestra aparente desgracia. Vivimos una Edad Media, transitoria, porque aún es preciso renacer una vez más. Volver a la historia, repasar sus hechos, llamar a sus espíritus para que nos cuenten las historias que orquestaron y guardan las épocas. Re-nacimiento.
El arte renacentista es imperecedero, una fiel huella de la grandiosidad de la especie humana, reflejo de un hombre que pone ante todas las cosas de su vida a Dios. En aquellos tiempos el arte fue concedido por el hombre como la búsqueda del contacto con la divinidad. El arte es un camino hacia la divinidad. Expresa la grandiosidad del espíritu, del alma y de la naturaleza; un rostro congelado en una piedra que muestra sus más delicadas facciones, espejos de piedra, pinturas, de la gloria del creador. Un hombre lejos de su espíritu no puede hacer arte, menos llamarse de artista. Hoy se asocia al arte con la necesidad de expresión, pero es un término inocuo, vacío carente de atracción sublime y de escuela profunda. Una cosa es ser un artista para los hombres, pero hay artistas también para Dios.
Entre aquellos héroes están nuestros camaradas que dieron valiente impulso al renacimiento, a una nueva era en contacto con las divinas luces que orquestan e inspiran los destinos de los hombres. Rigiendo la galaxia en hábiles destellos plateados que inundan el horizonte de gérmenes de vida, estrellas luminosas, cascadas estelares, farolas eternas de la bóveda celeste. Aquel que es artista ha de olvidarse primero de si mismo, pues mientras esté no habrá arte, sino ego, orgullo y vanidad estampada en una obra.
Él creador, grabo sus lienzos estelares, cascadas, ríos y mares; los más sofisticados diseños de pájaros e insectos sin un pizca de orgullo. Sin embargo la armonía es tal que nadie podrá decir que no es obra suya. Está en todo lugar.
Renacimiento: renacer, reverdecer, renovarse, vigorizar, florecer, transformación, evolución: Resurrección. Palabras que invocan la misma acción y que llaman a vencer las fronteras de lo aparente para aventurarse en busca de la condición suprema del hombre por correspondencia natural de acuerdo a su anatomía estelar y áurea.
Nuestra era, carente de ilustración profunda en los asuntos del espíritu, es el reflejo de la creación de nuestras artes y de nuestras emisiones cerebrales que son las constructoras de nuestra realidad, aún hambrienta de contenido profundo que sea sustancia para plasmar una creación orgullosa e imperecedera. Es esta era momento de cambio y transición, de renacer para hacerse del entendimiento que nos aportan los astros respecto al tamaño de nuestra aventura y misión. Progresar. Encontrar al creador a través de nuestras obras, a través de nuestro arte. Vivir. En armonía.
Nuestra vida, pequeña y frágil por naturaleza, nos hace observar desde la vestimenta de nuestra carne, con los ojos avezados del espíritu, el momento histórico del que somos testigos y que estamos llamados a heredar como raza pura. Raza de Dios. Todos los hombres, amigos, hermanos del desafió de resurgir y mejorar. Todas las religiones y todos los colores. Solo así, algún día, la historia hablará orgullosa de aquellos que se atrevieron a ver un poco más allá para vislumbrar y crear un futuro mejor a la luz de los valores estelares y de los designios superiores que conciertan el avance hacia el infinito de los vientos que soplan en los mares de nuestro destino.
Azor Náxara
Conocí a una Mujer, era una Reina, hecha de aguas, de florestas; aquellas que todo lo que tocan hacen germinar en flores; de esas que son como la luna divina, porque cargan el misterio indescifrable en sus ojos. La descubrí contemplando los astros una noche en el desierto. Más allá, hacia el infinito, se extendían las aguas del mar vertidas en el horizonte. Su silueta, a contraluz del satélite, se asomaba azulada y resplandeciente. Aparecida de la naturaleza, nacía entre estrellas y se alzaba gigantesca, como el tronar angélico de una sinfonía universal. Su rostro brillante, escoltado del luz plateada, tanta como para no mostrar sus delicadas facciones, cargaba la certeza del entendimiento y la compasión de un ser superior. De sus anchas caderas, florecían eternizándose las razas de la tierra.
En sí, un jardín de madrigales, su imagen flotante, levitaba a cierta altura del suelo de arenas de diversos colores. Miraba los astros, cantaba una melodía de dioses, con una suave voz que evocaba miel con cristales y zafiros de brillos auríferos. Abría su canto una brecha para contemplar el imperio del creador. Insondable, por capacidad de amor, sonreía en complicidad con las providencias de las alturas. Venia escoltada por coros de serafines y músicas celestes, su brillo de Mujer, vestía un amanto níveo azulado de finos encajes que cubrían su corporación hasta los tobillos; de destellos de rosas era el perfume que embriagaba hasta los bosques de la distancia.
De sus pechos brotaba la vida como una vertiente y de su útero, vasija que contiene polvos de las estrellas, germinaba la tierra de los hijos de Dios. Escoltada por la luna, la cargadora de la magia, la celadora del rayo de la vida, es guerrera por esencia, valiente, disciplinada, afectuosa y comedida. Acerca estrellas con su declamar; abriendo la puerta del corazón; domesticando la raza de las bestias; aquietando el ímpetu guerrero de los hombres; alimentando con sus trigos a los hambrientos. Se oye su canto, noches y días, en el silencio, lejos de los oídos de los incrédulos, serenando espectros, cuidando de los niños; su calor materno es abrigo de amor, vida, complemento de los hombres, que endulza los días de las guerras y del desamor.
Alcé la mirada y contemple cabizbajo aquellos momentos, instantes de oro, compuesta aparición. Para levantar la vista y mirar de frente hay que ganarse el cielo. Hazme desaparecer Señor, desapercibido, hazme invisible, por decreto de amor. Algún día levantaré la vista, para poder contemplar tu poderío sobre los cielos. Como una nube blanca, sustancia, hazme Señor, por mis imprudencias y por mis vicisitudes, por mi falta de nobleza, por mi espíritu petulante y mezquino. Te temo Gran Señora, a nadie más como a ti, pues eres comando y la voz del trueno sobre la Tierra, te llamaron un día Reina Universal. Tú que comandas ejércitos de tropa; porque tus miles no temen a nada más que a Él. ¿Quién como Dios?, declaman los escudos mientras los cielos estallan en tronares. Adoro al santo cordero que fue puesto en el trono, para ser reverenciado por tus súbditos. OH Majestad plateada: ¿qué estoy escribiendo sino tus letras? Piérdeme señor de tus textos para que fluya tu espíritu libre a través de mí. Para que nadie ensucie lo que tienes que decir.
Reina dorada, verde resplandeciente, amado Rafael; que sois consuelo de los afligidos y canto de los dichosos. Venid a mí, con voz y pasión, con sangre encinta en verdades; como el águila dadme la visión; dadme el calor azulado de los justos. Entregadme el ungüento que frotara mis pasiones hasta derretirlas por completo; necesito renacer, una vez más, destruir quien soy y hacerme de nuevo, dorado de brillo de jaspe, blanco como las nieves eternas, por los siglos de los siglos. Amén.
Me dejó verla una vez más, siempre cabizbajo, contemple su presencia transparente antes de desaparecer; desvaneció suavemente su forma entre húmedas nubes, brotó sobre la arena una rosa, como aquellas que nacieron de Castilla; ella sonrió, los cielos se encendieron, en complicidad con las nubes, los pájaros y el mar.
Azor Náxara
¡Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios, cuan incomprensibles son sus juicios, cuán impenetrables sus caminos! Porque ¿quién ha conocido los designios de Señor? O ¿quien fue su consejero O ¿quién es el que le dio a él primero alguna cosa para que pretenda ser por ello recompensado? Porque de él, y por el, y en él son todas las cosas: a él sea la gloria por siempre jamás. Amén.
A los Romanos XII-33
La real dimensión de la vida es de una complejidad que deja perplejo al más sesudo, a tiempo que se desenvuelve fina y frágil para el más pequeño que tiene voluntad y humildad para comprender. Para penetrar en ella es necesario e indispensable el conocimiento y el estudio del fenómeno de la vida y lo que ello implica. ¡Conocer esta verdad nos hará libres! Nadie dijo que no sería difícil alcanzar la libertad y el progreso. La historia nos llena de testimonios de ello. El camino que definió Cristo nunca ha sido cosa fácil. Él mismo poseía tantos conocimientos que tenía que hacernos llegar la información en parábolas a fin de de que estas pudiesen ser interpretadas por la mayoría de las personas.
Pues bien, he aquí la fuente, el quid del asunto: la profundidad de la verdad y la dimensión magnífica que esta alcanza la verdad a través de la revelación del amor. Pero el amor no es una palabra, no es una definición, ni es enamorarse y sentir esos destellos explosivos que se expanden desde el estómago. Esa es solo una de sus tantas manifestaciones. El amor es una energía universal. Va mucho más allá de las definiciones conceptuales y de los arquetipos.
El instrumento que poseemos en el cuerpo físico para percibir y alinearnos con esta energía es el corazón. Es el amor, el conductor de la emanación causal. La emanación causal es el todo. Es una vibración que sostiene el intento del mundo como lo conocemos. Todo está contenido en ella, somos sus emanaciones, nuestro ser se construye de su pulso. Este pulso es la causa de todo. Es el intento de Dios que mantiene esta realidad perpetuada en este instante. Ese aliento es lo que nos hace existir. Ese aliento es la emanación substancial, penetrada y comprendida por los antiguos hombres de conocimiento de las eras. Respiramos porque nuestro aliento se forma con ella, se alimenta de su pulsación. Todos los grandes maestros han insistido tanto en los beneficios de la oración y la meditación. Ambas nos conducen al mismo camino, nos permiten conocer y percibir la emanación causal y así entrar en otra dimensión de consciencia.
La fuerza de la vida, que percibimos en la soledad de las montañas, el viento que sopla limpiando nuestros aires, la semilla que brota llena de cariño en la tierra fértil son representaciones de la infinita bondad de la naturaleza. Aquél impulso de luz nos da la divina tracción para continuar viviendo, para retomar las fuerzas, apoyado en el soporte de la divinidad. Todos los seres vivos se sostienen por esa condición, todo obedece a esta inteligencia superior y a sus claros principios. Amor, equilibrio, progreso son algunos de los distintivos que sostienen este hecho.
La comprensión de la vida en un tiempo y espacio determinado se construye desde una visión universal acerca del rol que cumplimos en este rincón de la galaxia como humanidad. Uno de los mayores problemas de los tiempos actuales es la falta de visión unificada de la vida, que se construye desde una visión de altura, lejos del yo, conformamos parte del todo, unidos en esa esencia causal, que se desprende desde los pulsos de la mente suprema del creador. Una vez penetrando su sintonía es posible lograr la transformación, la alegría del vivir y la certeza de nuestra misión en nuestro tiempo y espacio determinados.
Nuestra composición corpórea estelar y nuestra anatomía espiritual nos hacen sensibles al pulso de las estrellas. Sus compases son aquellos que marcan el ritmo de la vida en el planeta. Mientras el hombre no reconozca su propia naturaleza divina sobrevendrá la enfermedad, el inconformismo y la confusión.
Cuando nuestra naturaleza reconozca la presencia divina presente en nuestra chispa fundamental, habitante silenciosa de nuestros cuerpos y espíritus, ya no será necesario buscar tendencias, ni personalidades externas para aderezar nuestro temperamento. La verdadera esencia fluye desde el mismo éter que la hizo nacer, allí será, y en ningún otro lugar, donde el espíritu encontrará la paz y la tranquilidad. Una persona que sabe de donde vine y hacia donde va, camina confiado y con la certeza que se afirma en los reinos superiores que comandan esta tierra con el poder del relámpago y con la voz del trueno.
La ciencia que Cristo nos dejó en esta tierra es la ciencia de la composición de las estrellas, son los secretos de las voces de nuestro Padre, de las sentencias que comandan nuestra existencia. Todo viene de ella y por ella es.
En estos días de la humanidad es preciso comprender que hemos llegado a un punto en nuestra experiencia donde la ciencia se ha unido con la divinidad. Aún estamos antes de su comienzo formal, ha tomado tiempo, ha pesar de que nunca ha habido argumentos sanos que desafíen la existencia de Dios. Este será el más grande fundamento de esta generación y proporcionará los cambios más esenciales respecto a la educación en el futuro. Todo esto será posible gracias al conocimiento del Dios verdadero en cada uno. A partir de ahí emerge un ser positivo y autentico en su relación con el mundo. A partir de ese instante seremos capaces de encontrar nuestro propio referente en nuestra experiencia divina que habita en nosotros. Reconocer la emanación causal en nosotros, en la fuerza que impulsa a nuestro espíritu y que le da forma a nuestro cuerpo. Ya no será necesario vagar por el mundo en busca de una tendencia o un personaje que represente lo que queremos ser. No serán necesarios los estilos que nos identifiquen. Nuestro propio estilo será reconocer y expresar la sustancia divina que hay en nosotros. Asumir esa condición es la verdadera dimensión de la cura y la medicina de la modernidad. Las enfermedades ya no serán necesarias desde esta perspectiva, el mismo cuerpo al cambiar su vibración se hará inmune a este tipo de irradiaciones. La verdad es mucho más simple de lo que parece, hasta aquí ningún secreto, es cosa de mirar alrededor. Diríamos ahora que todo el mundo lo sabe, y es así porque lo sabe nuestra propia sustancia, está impreso en nuestro ADN y vive esta realidad latente en la chispa de nuestros ojos. Así ha sido por siempre y por siempre será.
Azor Náxara
Hospital Espiritual
